¿En qué se diferencia “Los secretos del imperio de Karadima”, escrito por los periodistas Mónica González, Juan Andrés Guzmán y Gustavo Villarrubia, de la exitosa investigación “Karadima, el señor de los infiernos”, de María Olivia Monckeberg? ¿Tiene sentido leerlo, dado lo completo y contundente que es el retrato hecho por Monckeberg? ¿Cuál es su valor agregado? ¿No está todo dicho –escrito– en torno al caso?
Ciertamente, no.
La investigación de Ciper, que en su portada se “vende” como “la definitiva sobre el escándalo que remeció a la iglesia chilena”, a diferencia de la de Monckeberg, aporta una interpretación de por qué el “Rasputín mapochino” (así llama a Karadima el abogado Carlos Peña en el prólogo) logró con su escasa cultura y su pobreza doctrinal embaucar y encantar a los más poderosos de Chile. Esa explicación, que encierra aspectos sociológicos, culturales, políticos y psicológicos, en el caso de las personas individualmente, es lo más valioso del trabajo de los tres periodistas.
Cómo y sobre todo por qué jóvenes inteligentes, educados, dotados de muchos talentos y virtudes cayeron bajo el influjo de un cura que apenas llegó a octavo básico, que mentía de manera flagrante, que “pelaba” sin una pizca de caridad cristiana a sus propios benefactores, que usaba para sus gustos y beneficio la plata de la iglesia, que no leía, estudiaba ni trabajaba, es lo más “satánico” de esta historia.
En el caso de las víctimas, es evidente que todas, cuál más cuál menos, adolecían de una imagen paterna y de un entorno familiar protector, lo que generaba un caldo de cultivo ideal para que un hombre astuto y perceptivo de las debilidades humanas lograra establecer su imperio sobre sus almas y sus cuerpos. Pero en el caso de la conspicua feligresía el asunto es menos de manual.
Carlos Peña, en el prólogo del libro, resume esto así: “Karadima –también, a su modo, los Legionarios y el Opus Dei– les permitía (a los feligreses del barrio alto) conciliar la prosperidad que alcanzaban en el mercado con la trascendencia que ofrecía la fe. Así, asistían a las misas de El Bosque cercanos asesores de Pinochet, prósperos empresarios, ex terroristas de derecha, vecinos inconscientes y crédulos y, para su propia desgracia, un puñado de adolescentes frágiles de experiencia y carentes de autoconfianza”.
Peña es lapidario es su descripción de Karadima, al que define como “un cura iletrado y perfectamente vulgar”, “narcisista y que infantilizaba la experiencia religiosa hasta límites casi increíbles”, y que “era, además, un perverso”.
Con todo eso, fue capaz de seducir, por ejemplo, a la familia Matte, una de las más ricas y poderosas de Chile, que le dio su protección y en un primer momento intentó acallar las acusaciones. En el libro, el matrimonio formado por Eleodoro Matte y su mujer Pilar Capdevila quedan penosamente expuestos en “su devoción” a un cura arribista que disfrutaba siendo invitado a comer a su casa de Santiago o a alojar en la de Zapallar, para luego salir pelando a la anfitriona.
Leer “Los secretos del imperio de Karadima” no es agradable. La reproducción literal de las acusaciones y de los pobres argumentos de la defensa dejan una sensación ingrata. Un mal sabor. Todo es patético, sórdido, lamentable.
Pero cuesta tirar ni media piedra contra los que así expuestos los hechos parecen tan ciegos y torpes, más al constatar que la alta jerarquía de la iglesia chilena participó por inconciencia o conscientemente del tinglado armado por un cura que hizo proliferar las vocaciones. Cómo podía alguien por sí mismo enfrentar a toda una institución que se hacía la sorda frente a las rarezas, a los toqueteos disfrazados de broma, a las irregularidades económicas, al estilo autoritario y matonesco de ejercer el liderazgo, a las primeras denuncias. De ahí que la figura de Verónica Miranda, la ex esposa de James Hamilton, se levante como la heroína de esta historia. La mujer que fue capaz de apoyar a su marido, cuando él le revela los años de abuso sexual y secuestro psicológico de la que fue víctima y que la incluyó a ella y a sus hijos. Es más: fue Karadima quien le ordenó a Hamilton casarse con Verónica, y luego hizo con el matrimonio lo que quiso, como en esos thrillers de posesión psicológica que uno cree sólo pueden darse en la ficción.
Las figuras de Francisco Javier Errázuriz, Cristián Arteaga y otros importantes miembros de la curia se empequeñecen con la lectura de estos secretos, donde uno que resulta tan morboso y perverso como todo lo que rodea a Karadima es el que supone que, dentro de toda la distorsión del ex párroco de El Bosque, hay un solo acusador al que no descalifica e insulta. Uno al que amó a su satánica manera: James Hamilton.
Un amor oscuro y perverso.


Periodista y directora del portal Terra. Ha publicado casi una decena de libros, varios de ellos súperventas (“El evento”, “Cómo sobrevivir en Chile después de los 30”, “El chileno de maleta”, entre otros) y escritos en coautoría con su amiga Totó Romero. Desprejuiciada, sin poses intelectuales, en este blog busca estimular la lectura y no le hace asco a nada, ni a los bestsellers, ni a la autoayuda ni a la novela rosa. Lo importante es leer; esa es su máxima.