En general me cuestan los mexicanos. Creo que esta dificultad es responsabilidad de Cantinflas, al que nunca he logrado entenderle nada de lo que dice. Y eso que me encantan la hipérbole y la floritura, pero, a la hora de trabajar, de comunicarse con objetivos concretos e inmediatos, tanto rizar el rizo termina agotándome.
Hablar con un mexicano cuestiones concretas, puede ser muy largo y enredado.
No me pasa lo mismo, en cambio, con los mexicanos que escriben. Octavio Paz, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Héctor Aguilar Camín son claros como lámparas y luminosos todos, con distintos voltajes, pero iluminadores. Y ahora estoy disfrutando a tope a Ignacio Padilla, ganador del premio “La otra orilla 2011” de Editorial Norma, con la novela “El daño no es de ayer”.
Es un relato loco, divertido y palpable sobre un periodista fracasado que peleó en alguna Guerra del Pacífico, está separado de Dora, trabaja en una revista de autos, pertenece a una cofradía de coleccionistas de “joyitas motorizadas”, que lo aceptaron como miembro sólo por haber sobrevivido a la susodicha conflagración bélica, y que es enviado a investigar la desaparición de los gigantescos hermanos Ramson y su enorme perro negro “a manos” –“a ruedas”, sería más adecuado– de un Rolls Royce sepultado en la arena de un desolador desierto.
Su descabellada misión lo relaciona con un cura ciego y su caniche enano, un comisario que no tiene vocales en su apellido, un asesino mutilador de dedos meniques, una solterona espiritista enamorada de un diseñador de un motor perpetuo.
Este Ignacio Padilla, que tiene 44 años, ojos azules y un doctorado en filología, es miembro del grupo de siete escritores que en México se conoce como “generación crack” (por ruptura o quiebre, no por la droga). Además de la amistad lo que los une es un manifiesto fundacional que los hace renegar de los estereotipos del realismo mágico, propio del boom latinoamericano, y abrazar una total libertad creativa.
El resultado, al menos en el caso de Ignacio Padilla y en “El daño no es de ayer”, resulta desternillante, inteligente, inspirador y tan gráfico en sus adjetivos y descripciones que el perro negro, el cura ciego, el desierto, el pueblo, el Rolls Royce oxidado y sepultado, son palpables, tangibles, presentes, al punto que tras dejar de leer, uno se siente enterrada y entierrada, como si hubiera acompañado al narrador en todo su perturbador reporteo.
En estos meses mi idea es recomendarles lecturas para ocupar el ocio de las vacaciones de verano de la manera más provechosa posible. Y “El daño no es de ayer” es una maravilla en ese sentido. Tan bueno es que excepcionalmente no lo sortearé. Es de esos libros que a una le gusta tener en su biblioteca. Ni modo.

Periodista y directora del portal Terra. Ha publicado casi una decena de libros, varios de ellos súperventas (“El evento”, “Cómo sobrevivir en Chile después de los 30”, “El chileno de maleta”, entre otros) y escritos en coautoría con su amiga Totó Romero. Desprejuiciada, sin poses intelectuales, en este blog busca estimular la lectura y no le hace asco a nada, ni a los bestsellers, ni a la autoayuda ni a la novela rosa. Lo importante es leer; esa es su máxima.